Prontuarios de la muerte. Una debilidad por las cadenas

Rafael Ojeda 


Torres Gavela, Ricardo (2004). Mientras las cadenas danzan sobre el cadáver. Cusco: Sieteculebras Editores. 102 pp.


La década del setenta del siglo pasado, fue un bloque temporal contradictoriamente funesto y auspicioso... para América Latina. Esto, debido a las implicancias trágicas del asentamiento y desarrollo de aquella ola continental de dictaduras militares de ultraderecha que terminó por infectar de muerte y despotismo a la parte sudcontinental de América, que se confrontaba con el tardío desarrollo positivo de un vanguardismo literario, que como neovanguardismo, terminará por sentar las bases retóricas para la reconfiguración de voces y sujetos poéticos nuevos, que serán propicios, sobre todo a la producción literaria de las subsiguientes generaciones latinoamericanas.

Años en los que Ecuador, experimentaba una sangrienta dictadura militar correspondiente a las acciones y abusos de Guillermo Rodríguez Lara, presidente de facto que gobernó entre los años 1972 y 1976, cuyo régimen, asociado a procedimientos “macartistas” y fascistas, ligado a las evoluciones “antipolíticas” y genocidas del Plan Cóndor —que llegó a incluir países como Argentina, Brasil, Chile, Paraguay, Uruguay, Ecuador y Perú—, dinamizadas por la política criminal e intervencionista de los Estados Unidos, dio lugar a una estrategia policiaca y disciplinaria que fue agobiando, reprimiendo, persiguiendo y aniquilando sistemáticamente, a los diversos sectores revolucionarios, reformistas y progresistas de la región andina.

Es ese el contexto en el que se aparece la opera prima del poeta ecuatoriano Ricardo Torres Gavela: Mientras las cadenas danzan sobre el cadáver, poemario escrito y publicado en la ciudad del Cusco (Perú), el año 1974, en formato mimeografiado con apariencia de “plaqueta” artesanal, como se solían hacer también los discursos y panfletos políticos de la época. Período al que correspondían consolidados colectivos literarios latinoamericanos de guiños neovanguardistas, con manifiestos incluidos, como Hora Zero, que inicia sus actividades en el Perú, en enero de 1970; además de la gestión de otros, derivados, como el movimiento Infrarrealista mexicano, cuyo punto de partida se remonta hacia mediados de 1975, y la irrupción de colectivos análogos en diferentes países de América Latina.

En ese sentido, podemos afirmar que este libro irrumpe también como un “objeto histórico, testimonio de una época” (p. 11), de las pugnas políticas y conflictos sociales, que harán que esa distante primera edición, sea confiscada en Ecuador, país en el que —tras regresar de ese viaje de iniciación literaria— el autor será detenido y torturado durante cuarenta días, según se muestra en la documentación incluida, en esta nueva edición, en la oficina de seguridad política del Estado, bajo el cargo de “Pegar propaganda en las pareces en contra del Gobierno”, además de “haber publicado el libro en el Perú, un país en ese entonces, considerado por el gobierno, como un enemigo” (Ibíd.).

Cincuenta años después, el poemario es reeditado en versión facsimilar y contemporánea, por el sello cusqueño Sieteculebras Editores (2024), compendio que recupera, además, una serie de escritos críticos que ayudan a entender los motivos discursivos y líricos del libro, estudios que lo presentan como el archivo de una época marcada por el autoritarismo, las atrocidades y vicios económicos, políticos y sociales de una dictadura militar intolerante y vil, como la de Rodríguez Lara, que, en su despliegue criminal, ordenaba “se aumente los sueldos al batallón mercenario. / Inaugura “Os Candangos” / trabajadores que mueren con el sudor y la bala / el mismo demente / increíble día en que invaden la casa / matan la mujer / y violan la universidad de Sao Paulo / en apogeos de tortura” (p. 39).

Mientras las cadenas danzan sobre el cadáver funciona como un artefacto enunciativo-denunciativo, en su multiplicidad no sistemática, y tiene como punto de partida una dedicatoria que resultará sintomática al evaluar los versos y poemas que le seguirán: “a todos los que consciente o inconscientemente viven oprimidos” (p. 19). Además, condensa una estética híbrida matizada de momentos caligramáticos, correspondientes a estrategias extraídas de la poesía visual. Y desarrolla, a la manera de un manifiesto, descrito desde las intenciones de una suerte de arte poética, las dimensiones de un coloquialismo estético que va “enumerando” motivos, espacios, situaciones y sujetos, acompañados de ilustraciones que resultan efectivas al momento de delimitar su campo de enunciación.

Tal vez por ello, considerando el eje temático de la obra, podemos rescatar esa serie de versos que resultan sintomáticos al momento de definir la evolución ideológica que ha caracterizado al autor: “Me opongo a la oposición / Al vicio por el vicio” (p. 21); además de optar por una conjunción condicional que demarca una noción indefinida e incierta del porvenir: “Si al tratarlo se retuerce / Si se agita / Si lo vemos con el puño en trote flaco / Es que viene el Tercer Mundo en su pelea.” (p. 26). Para devenir en una estética cuasi periodística, que define cierta familiaridad a la poética de Juan Ramírez Ruiz, al presentar una cotidianidad sufriente, como característica de los barrios pobres del Cusco y de Quito, que le sirvieron de referencia para la escritura, como arquetipos correspondientes a las realidades de otras ciudades populosas y precarias de América Latina: “En el barrio de Santiago / donde fueron los asaltos y los robos / hasta que llegó la PIP con sus gorilas; / en la cuesta que bajando del mercado de San Pedro / desemboca al basurero de las ferias, / sobre piedras y cartones / se acurruca en un rincón un hombre flaco” (p. 28).

Se puede concluir con que el poemario de Torres Gavela, alberga elementos característicos a la poética de los años setentas, elementos que pueden acercarlo sobre todo a aquella noción “horazeriana” de “poesía integral”, al integrar, además de un moderado conversacionalismo, la retórica formal de los documentos policiales: “El parte dice así: / Eran las 5 de la tarde cumplidas, / acarreábamos a los estudiantes, / que salieron de manifestación, a golpes de aguay bombas lacrimógenas / en las esquinas de la calle Chimborazo”. Además del ritmo de algunas notas cablegráficas que dictan: “En la isla Daw, a pocos kilómetros de la Tierra de Fuego, / el gobierno chileno mantenía una cantidad / innumerable de prisioneros muchos de los cuales / eran torturados brutalmente hasta el punto / de ser castrados” (p. 40). 

El libro culmina con dos poemas que ponen en riesgo la unicidad de un volumen marcado de versos traspasados por el compromiso sociopolítico de un autor, de una generación y un período que fue definiendo, desde la poesía, las dimensiones represivas y poco auspiciosas de un contexto que, cincuenta años después, se nos presenta como cíclico, ante la reemergencia nacional y continental de un fascismo in vogue, tras la amenaza y consolidación de gobiernos represivos y autoritarios de ultraderecha que irrumpen y se están instalando en el poder, nuevamente en el Ecuador y en los distintos países de América Latina. 

En este sentido, quizá solo nos quede, como las huellas de un duro “aprendizaje”, los vestigios históricos de una generación otrora revolucionaria, otrora panfletaria, otrora lírica… pero que ahora desglosa, en sus pasos absortos, la visión de un mundo que parece “resetearse” cíclicamente, confrontados con los espejismos de un pasado que ahora los regocija o quizá los frustra, para dejarnos en sus libros, medio siglo después, la memoria de una época, en la que la epicidad de las penas y las furias de un período, que nos acerca nuevamente a los cadáveres de entonces, y a esas cadenas que danzan aún en el presente.


Lima, madrugada del 18 de agosto de 2025


Rafael Ojeda

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