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Convergencias del signo en los “maestros de la sospecha”: Marx, Freud y Nietzsche

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Rafael Ojeda
En un apartado de su libro Freud: una interpretación de la cultura, en el que nos habla del giro “hermenéutico” que habría experimentado el pensamiento occidental, que él denomina ―bastante ilustrativamente por cierto― “La interpretación como ejercicio de la sospecha”, el filósofo francés Paul Ricoeur reúne a Marx, Nietzsche y Freud bajo el rótulo de “escuela de la sospecha”; denominación que se hará referencial al momento de acercarnos a la disímil obra de estos pensadores, diametralmente distantes entre sí, pero cercanos si consideramos su pasión compartida en pos del desenmascaramiento de lo “real”, desde puntos de partida diferentes y hasta enfrentados, entre una noción de la ideología asumida como falsa conciencia de lo real, de la moral como eje de dominación, o de la conciencia asumida como dispositivo represor del inconsciente.
Allí Paul Ricoeur llamaba la atención sobre el carácter anómalo o singular de la producción de estos tres autores que ―a decir de él― “apar…

Aniversario y balance. Una debilidad por las fronteras y los márgenes

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La travesía de Laberintos Suburbanos empezó un 2 de marzo de 2015, como un intento de inserción a-estética en el informe espacio de todo lo despreciado, lo banal, lo críptico y contaminado, como una apuesta en pos de una ilustración alternativa, cuya razón luz, desde el principio optara por una suerte de visión tubular, visión que tuviese como analogía, la noción de un centro negro o punto ciego, cuyos márgenes iluminados, inmaculados, vayan abriendo la posibilidad de detenernos en lo poco visible, como praxis de descentramiento de los focos de atención en exfocos que permitan el desocultamiento de lo minoritario, de lo marginal, de lo excluido, para abarcar así todas las variables posibles y pasibles de ser relatadas, enunciadas e historiadas, como apertura hacia multiplicidades y diferencias totalmente nuevas, o simplemente nunca antes vistas ni oídas; ya sean políticas, antropológicas, sociales, sexuales, sub o paraculturales, pero insertas en un espectro en el que lo que se desea …

El tractatus distópico y poético del adiós verasteguiano

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Me da pánico, tengo miedo del tránsito pero sí acepto la vida después de la vida sin miedo, no sé qué me suscita pensarlo. Enrique verástegui (1 Jul 2018)




No hay un lugar en el mundo en el que se pueda escapar de las matemáticas ni de la poesía, decía el filósofo astrofísico Anton Sorokow, y quizá no podía ser de otra manera, sobre todo porque allí afuera nos quedaba el universo con sus estrellas y constelaciones, además del cielo con sus astros, estrellas novas y agujeros negros. Pero al cerrar los ojos podíamos ver el fin de la razón como oscuridad, salida o escape hacia la nada, como un punto de fuga hacia el vacío, a la manera de Esenin o de Maiakovski, pero tal vez también a la manera de August Strindberg, de Robert Walser, de Martín Adán, de Juan Ramírez Ruiz, de Enrique Verástegui[1] y de tantos otros. Como todos los que en aquella época, a la manera de Leonard Cohen, teníamos una voz, pero como Henry Fiol aún buscábamos la melodía, esa melodía desencadenada que se propagara por l…